la calle sin nombre

Entra en curva, embutida, pronto se recorta y deja pasar la luz, admira.

Como canal que une es también franja divisora, con palacios segados, vigas que no sujetan, rejas y miradores. Restos de talleres, pompas fúnebres y putas.

Caminando en curva. Girando sin girar, quedas envuelto en un ambiente parado en el tiempo, aquel que de provisional, es eterno.

Se suceden torpes, de chapa, ladrillo y tapia. Las puertas, que no abiertas. Y ahí, están ellos: los nidos, verdes, cumplen su función, son habitantes que como las paredes y sus números, habitan sin habitar. Se dejan ver esperando que las ramas pesen, crezcan y trasformen.

Viajar de lo orgánico a lo estático, de lo que crece por una acción a lo que está varado en el tiempo. Un nido, que hecho de masa, es de la mano de alguien que construye su idea desde el habitar, desde ese espacio íntimo que queda en el lecho de las ramas. Como la calle, que gira y se curva, esos nidos sonríen congelados. Esperando que las puertas se abran, que los habitantes lleguen.

Anidando, una instalación de Carlos Villoslada en la calle Rodríguez Paterna de Logroño. Fotografía de Laura Peña Ibáñez. Texto de Javier Peña Ibáñez.

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